¨Cuánta Decepción¨… cuántas veces nos decimos esto… cuántas más nos quedan por reconocérnoslo.Soñé que lo perdía todo, y cuántas veces perdí todo…pero esa noche me di cuenta de que a veces lo que nos decepciona somos nosotros mismos…por ser cómplices de lo que nos daña, por consentirlo,nos convierte en culpables, tan culpables como el que hizo el daño, y nos repetimos…Cuánta Decepción.¨
Vega – Cuánta Decepción (Metamorfosis 2009)
Para celebrar el ocho de marzo, "Día internacional de la mujer", quería escribir una entrada sobre mis cosas favoritas de ser mujer, porque –a pesar de vivir en una sociedad un 90% machista- amo ser mujer. Pero terminé escribiendo sobre ésto que quien sabe cómo debería llamarse que describiré más adelante. No sabía si publicarla o no. Quizá no redacté todo como quería, quizá, como siempre, no estoy diciendo nada. Pero si están aquí, gracias por leerme.
Decidí escribir sobre esa sensación que termina dejándote setenta y dos horas sin saber nada de él; sobre ese nudo en la garganta que queda tras repetirte a ti misma que “en el fondo sabías nada era real", que "no sabes qué hiciste mal". Hablo de esa sensación que hemos experimentado al menos una vez en nuestra vida cada una de nosotras. De ese extraño estrujón en alguna parte de tu estómago cuando te das cuenta de que no has aprendido nada y que una vez más, elegiste enamorarte de la única persona a la que no le importas un poquito. De ese ardor en la piel y en el alma cuando eres víctima de algún tipo de violencia, palabras o golpes, los dos queman igual. Basta con recordar, analizar y dejar que las imágenes que vienen a tu mente secunden y expliquen este concepto de decepción de una misma. No hay mejor explicación que ese recuerdo en el que justamente estás pensando ahora. Y no hay mejor explicación para lo que sigue a esta línea, que la mueca en tu cara cuando te recuerdas justificando los actos hirientes de otra persona hacia ti. Justo hora que caes en la cuenta de que el problema no está en nadie más que en ti, en ti y en ti; que en realidad, el enojo, la molestia y la decepción no es hacia nada más que no seas tú. Porque existe la posibilidad de que a veces nos hagamos daño a nosotras mismos, por miedo, por no valorarnos, por no saber que hacer, por creer en cosas inestables y volátiles como la magia y las casualidades. Pero sobre todo por no saber decir no o simplemente no decir nada y retirarnos al momento que nos damos cuenta que algo no está bien. Y no existe peor error que seguir ignorando nuestra responsabilidad sobre lo que nos daña. Quizá el primer paso sea aceptar y una vez conscientes, nos queda tomar las riendas, alzar la frente, desear y trabajar por un mañana mejor. Nos queda caer en la cuenta que en todo o al menos en la mayoría de las cosas que pasan en nuestra vida tenemos responsabilidad, ya sea mucha o poca. Y una vez asumido el control, reconocernos a nosotras mismas como forjadoras de nuestro destino y saber agradecer a aquellos hombres que gracias a su inmadurez , machismo y mezquindad han hecho de nosotras mujeres más fuertes, menos ingenuas y más decididas que han aprendido de sus propios errores para dar pasos más grandes y firmes. Y por encima de todo esto, dar un infinito agradecimiento, un gesto de complicidad, una mirada cálida a los hombres maravillosos que nos hicieron, nos hacen y nos harán felices, esos hombres que saben apreciar cada una de nuestras rarezas y reconocen que hay maravillas que no suceden dos veces, esos hombres que saben quedarse y cuidarnos, esos que aman a una mujer y saben respetarla, esos hombres que dan caricias y no golpes.
Mujeres que han sido maltratadas, mujeres que no han sido valoradas, mujeres que han sufrido de recriminación, de todo tipo de actos que atentan contra ti. Eres hermosa, bella y única. Siempre hay un mejor mañana esperando a que te decidas conquistarlo. Siempre hay otro camino, el camino de la fuerza y la voluntad, el de las sonrisas y caricias, el camino donde no te das por vencida y no tienes miedo de ser feliz. ¡Ponte valiente! Y gracias.
Decidí escribir sobre esa sensación que termina dejándote setenta y dos horas sin saber nada de él; sobre ese nudo en la garganta que queda tras repetirte a ti misma que “en el fondo sabías nada era real", que "no sabes qué hiciste mal". Hablo de esa sensación que hemos experimentado al menos una vez en nuestra vida cada una de nosotras. De ese extraño estrujón en alguna parte de tu estómago cuando te das cuenta de que no has aprendido nada y que una vez más, elegiste enamorarte de la única persona a la que no le importas un poquito. De ese ardor en la piel y en el alma cuando eres víctima de algún tipo de violencia, palabras o golpes, los dos queman igual. Basta con recordar, analizar y dejar que las imágenes que vienen a tu mente secunden y expliquen este concepto de decepción de una misma. No hay mejor explicación que ese recuerdo en el que justamente estás pensando ahora. Y no hay mejor explicación para lo que sigue a esta línea, que la mueca en tu cara cuando te recuerdas justificando los actos hirientes de otra persona hacia ti. Justo hora que caes en la cuenta de que el problema no está en nadie más que en ti, en ti y en ti; que en realidad, el enojo, la molestia y la decepción no es hacia nada más que no seas tú. Porque existe la posibilidad de que a veces nos hagamos daño a nosotras mismos, por miedo, por no valorarnos, por no saber que hacer, por creer en cosas inestables y volátiles como la magia y las casualidades. Pero sobre todo por no saber decir no o simplemente no decir nada y retirarnos al momento que nos damos cuenta que algo no está bien. Y no existe peor error que seguir ignorando nuestra responsabilidad sobre lo que nos daña. Quizá el primer paso sea aceptar y una vez conscientes, nos queda tomar las riendas, alzar la frente, desear y trabajar por un mañana mejor. Nos queda caer en la cuenta que en todo o al menos en la mayoría de las cosas que pasan en nuestra vida tenemos responsabilidad, ya sea mucha o poca. Y una vez asumido el control, reconocernos a nosotras mismas como forjadoras de nuestro destino y saber agradecer a aquellos hombres que gracias a su inmadurez , machismo y mezquindad han hecho de nosotras mujeres más fuertes, menos ingenuas y más decididas que han aprendido de sus propios errores para dar pasos más grandes y firmes. Y por encima de todo esto, dar un infinito agradecimiento, un gesto de complicidad, una mirada cálida a los hombres maravillosos que nos hicieron, nos hacen y nos harán felices, esos hombres que saben apreciar cada una de nuestras rarezas y reconocen que hay maravillas que no suceden dos veces, esos hombres que saben quedarse y cuidarnos, esos que aman a una mujer y saben respetarla, esos hombres que dan caricias y no golpes.
Mujeres que han sido maltratadas, mujeres que no han sido valoradas, mujeres que han sufrido de recriminación, de todo tipo de actos que atentan contra ti. Eres hermosa, bella y única. Siempre hay un mejor mañana esperando a que te decidas conquistarlo. Siempre hay otro camino, el camino de la fuerza y la voluntad, el de las sonrisas y caricias, el camino donde no te das por vencida y no tienes miedo de ser feliz. ¡Ponte valiente! Y gracias.