miércoles, 30 de octubre de 2013

Niña en el autobús.

Es como si en estos seis meses, "mi vida" se hubiera detenido. Mis conocidos se titulan, estudian postgrados, obtienen el trabajo de sus sueños, se  comprometen, se casan, tienen hijos (los que ya tenían, tienen más); se compran casas, coches, etc. Mi vida tiene pausa en todo eso. No tengo nada de eso. Por ahora, solo tengo un mapa en mis manos; esa sensación que me dice que hay algo más allá. Esas ganas de seguir siendo esa chica que va en algún autobús a alguna parte, esperando -con música de fondo- a que el nuevo paisaje frente a sus ojos, supere a cualquiera que ya haya visto antes.

martes, 29 de octubre de 2013

Amo del fuego.

A veces simplemente se trata de jugar con fuego, cuando a ratos y a ratos prendes cerrillos cerca de una pizca de pólvora.

Tú no tienes miedo y al final no pasa nada. Entonces, esparces otra pizca como si sasonaras la pólvora que ya estaba ahí; seguido de pasar el cerillo cada vez más cerca.
 

No te asusta, ni nada, quizá lo hacías para sacar tu coraje, quizá a veces sólo por diversión. Repites el juego pizca de pólvora- cerillo una y otra vez; diferentes técnicas, diferente perspectiva, diferentes medios que te llevan a la misma acción. Eres afortunado y lo sabes. Te sentiste tan seguro que nunca pensaste en otro final,más que ese que ya te sabías de memoria donde eres "amo del fuego". Tenías tanta certeza de saber que sin importar cuanta pólvora  echarías al montón ,no estallaría. Habías ido contra cualquier ley y lo sabías, y te sentías con el derecho de provocar, de jugar con eso que no se juega.

Y bueno, en tus cálculos nunca consideraste que un día, el viento, las estrellas, la suerte (o hasta tu mismo) no estarían a tu favor y pasaría eso que llevabas meses evitando. Prendiste tu cerillo con esa sonrisa irónica tan característica tuya y lo acercaste lentamente... lentamente... rápi... Kaboom!

Qué esperabas? La suerte no iba a favorecerte siempre. No puedes jugar con fuego y nunca quemarte.

Y aún así te acercas con la seguridad con la que un cazador acecha a su presa -sin haber aprendido tu lección-, con ese cerillo en tu mano, te acercas a este montón de pólvora que va a volver a estallar, de nuevo, cuando menos te lo imaginas.