No sé. Nada de ésto deja de resultarme extraño. Me he ido tantas veces que siento que en verdad nunca he dejado de irme; sin embargo, cuando llega el momento sé que tengo que partir, y me voy. Una vez más. Así soy yo. Volátil, inestable, pasajera.
Y bueno, después de cinco años de idas y venidas, no se pierde la nostalgia que da el marcharte de nuevo. No me causa nervios poner la maleta, tomar el autobús, llegar a la terminal y ver que mi mano derecha está vacía. Pero las despedidas, esas sí que me pesan. Y me pregunto, con afán de tener un poco de fe, si alguna vez dejaré de sentir ese terrible nudo en la garganta que me corta la voz al decir “adiós”, incluso “hasta luego”, en vez de “hasta mañana”. Me pregunto si alguna vez aprenderé a irme tanto como otros se han acostumbrado a que yo lo haga. Si algún día, no me importa cuánto tarde, dejaré de estar como ida. Me pregunto si algún llegaré a acostumbrarme, aunque sea un poquito, a que me vida sea tan incierta; a que por primera vez no tenga trazado el camino.
Lo único bueno, es sin duda, que me voy con una mirada y regreso con otra. Vuelvo siendo una mujer un poco más grande, un poco menos cuadrada, con una mirada más dura y menos rosa. Y pienso que quizá, un día de éstos, tenga tanta suerte que haya crecido lo suficiente como para no querer volver a irme; como para querer quedarme y si he de poner otra maleta, no sea para encontrarme sino para perderme en algún rinconcito del mundo para ver algún atardecer y esta vez, con mi mano derecha sostenida por la de alguien más...
No puede haber sido en vano que hace casi un año me volví ciclista urbana. De algo tiene que haber servido aprenderse las rutas más despejadas, las más rápidas, las más empinadas y haber desempolvado ese reloj que marca mis récords. De algo tiene que servir observar los lugares donde me gustaría vivir. De algo el haber marcado mis lugares favoritos de la ciudad. De algo.
Seguiré informando.


