Te voy a contar un secreto. Quizá el más grande de
todos. No soy tan valiente como tú crees, en realidad, tengo un miedo muy
grande. Le tengo miedo a la oscuridad. Le tengo miedo a la forma en la que mi
recámara se expande al cuadrado cuando pasan de las diez y tengo que llenar el
espacio nuevo con poemas que no son buenos pero que quieren gritar. Me da un
poco de risa esto, no hay poesía si no pasan de las diez. Si son 9:59, me
sorprendo a mi misma no pudiendo escribir nada que rime con tu nombre, aunque
en realidad, tengas varios y tenga un mar de posibilidades.
Y aunque mi miedo a
lo que no puedo ver me causa escalofríos, me pongo valiente para decirte cosas
que sé bien que si leo a la siguiente mañana me apenarán.
Jamás me imaginaría escribiéndote a las diez de la
mañana, que mi cama está muy grande y que si vinieras, sería ideal. Jamás a esa
hora, leerías de mi, la cantidad de cosas que te haría de tenerte cerca y que
nada en el mundo me haría más feliz que tenerte cerquita, muy cerquita de mi;
que aunque he odiado dormir acompañada, haría lo humanamente posible por poner
tu brazo bajo mi cuello y tu respiración en mi nuca, tu ombligo con mi espalda.
Nunca de los nuncas te diría antes de las diez que quiero dormir contigo y ya.
Creo que para eso no soy muy valiente, antes de las
diez. He llegado a leer nuestras conversaciones la mañana siguiente y he muerto
de la pena pensando en todo eso que te he dicho ya casi cayendo en Morfeoland. Debo
de ser muy valiente y atrevida… Sí, creo que sí, porque si lo pienso, si te
llamo o te tengo de frente podría simplemente regalarte un “hola” con mi
sonrisa pecosa y ya. Y si me esfuerzo por decirte algo más, sería una mirada
sugestiva cuando llevas la delantera y vamos pedaleando por la ciudad y tú me
presumes tan descaradamente los atributos que te dio tu mamá. Aunque ya pensado
ésto, si te llamase justo ahora, ya no sería tan valiente y quizá no te diría
nada, como cuando abro la puerta y ahí estás, con esa risa inocentona y la cara
empapada de sudor; y yo sólo te miro y me acobardo y sólo llego a darte un
abrazo por el pánico que me causa acercarme de más.
Si te llamara esta mañana te agradecería infinitamente
tu incondicionalidad, la forma en la que tú y sólo tú me has sabido animar. Y
te pediría con un silencio acumulado, como en lenguaje secreto, que ahora no,
pero que después cuando ya haya sanado mi corazón, me ayudes a ser valiente las
24 horas, que me cayes con un beso y que si te abrazo, no me dejes alejar. Te diría,
sonriéndote mucho, que es hermoso saber que en el mundo aún hay personitas increíblemente
geniales como tú rodando por el mundo, aunque a mi sólo me importe rodar
contigo. Sólo eso y ya.
Te contaría mientras estamos tirados en en el pasto quejándonos
por la ausencia de nubes que mientras imaginaba eso, iba pensando en lo mágico
que es escuchar en mi cabeza todas las canciones nuevas que me has regalado
mientras ruedo por toda la ciudad. Y cobardemente,
te susurraría, para que ni los libros escuchasen, que después de tus fotos de
ayer en mi se logró desatar… (No debo escribir nada de eso, es horario familiar).
Y aunque a veces, deseo desesperadamente verte y ya, la mayoría de tiempo
consigo amarrarme las ganas porque el momento para mi no es el ideal. Y entonces
miro de reojo al espacio vacío que te está esperando y pienso que no sé porque
soy tan cobarde, porque, aunque a veces sí me gustaría, no puedo simplemente
ser valiente, muy valiente y saltar por la ventana.
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ResponderEliminarMi entrada favorita siempre :)
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