domingo, 20 de abril de 2014

¡Valiente!


Te voy a contar un secreto. Quizá el más grande de todos. No soy tan valiente como tú crees, en realidad, tengo un miedo muy grande. Le tengo miedo a la oscuridad. Le tengo miedo a la forma en la que mi recámara se expande al cuadrado cuando pasan de las diez y tengo que llenar el espacio nuevo con poemas que no son buenos pero que quieren gritar. Me da un poco de risa esto, no hay poesía si no pasan de las diez. Si son 9:59, me sorprendo a mi misma no pudiendo escribir nada que rime con tu nombre, aunque en realidad, tengas varios y tenga un mar de posibilidades. 

Y aunque mi miedo a lo que no puedo ver me causa escalofríos, me pongo valiente para decirte cosas que sé bien que si leo a la siguiente mañana me apenarán.

Jamás me imaginaría escribiéndote a las diez de la mañana, que mi cama está muy grande y que si vinieras, sería ideal. Jamás a esa hora, leerías de mi, la cantidad de cosas que te haría de tenerte cerca y que nada en el mundo me haría más feliz que tenerte cerquita, muy cerquita de mi; que aunque he odiado dormir acompañada, haría lo humanamente posible por poner tu brazo bajo mi cuello y tu respiración en mi nuca, tu ombligo con mi espalda. Nunca de los nuncas te diría antes de las diez que quiero dormir contigo y ya.

Creo que para eso no soy muy valiente, antes de las diez. He llegado a leer nuestras conversaciones la mañana siguiente y he muerto de la pena pensando en todo eso que te he dicho ya casi cayendo en Morfeoland. Debo de ser muy valiente y atrevida… Sí, creo que sí, porque si lo pienso, si te llamo o te tengo de frente podría simplemente regalarte un “hola” con mi sonrisa pecosa y ya. Y si me esfuerzo por decirte algo más, sería una mirada sugestiva cuando llevas la delantera y vamos pedaleando por la ciudad y tú me presumes tan descaradamente los atributos que te dio tu mamá. Aunque ya pensado ésto, si te llamase justo ahora, ya no sería tan valiente y quizá no te diría nada, como cuando abro la puerta y ahí estás, con esa risa inocentona y la cara empapada de sudor; y yo sólo te miro y me acobardo y sólo llego a darte un abrazo por el pánico que me causa acercarme de más.

Si te llamara esta mañana te agradecería infinitamente tu incondicionalidad, la forma en la que tú y sólo tú me has sabido animar. Y te pediría con un silencio acumulado, como en lenguaje secreto, que ahora no, pero que después cuando ya haya sanado mi corazón, me ayudes a ser valiente las 24 horas, que me cayes con un beso y que si te abrazo, no me dejes alejar. Te diría, sonriéndote mucho, que es hermoso saber que en el mundo aún hay personitas increíblemente geniales como tú rodando por el mundo, aunque a mi sólo me importe rodar contigo. Sólo eso y ya.


Te contaría mientras estamos tirados en en el pasto quejándonos por la ausencia de nubes que mientras imaginaba eso, iba pensando en lo mágico que es escuchar en mi cabeza todas las canciones nuevas que me has regalado mientras ruedo por toda la ciudad.  Y cobardemente, te susurraría, para que ni los libros escuchasen, que después de tus fotos de ayer en mi se logró desatar… (No debo escribir nada de eso, es horario familiar). Y aunque a veces, deseo desesperadamente verte y ya, la mayoría de tiempo consigo amarrarme las ganas porque el momento para mi no es el ideal. Y entonces miro de reojo al espacio vacío que te está esperando y pienso que no sé porque soy tan cobarde, porque, aunque a veces sí me gustaría, no puedo simplemente ser valiente, muy valiente y saltar por la ventana.

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