martes, 29 de julio de 2014

Y la vida apenas comienza...

Hace un par de años, solía pensar que mi vida terminaría al yo cumplir 26. Dicho  de otra forma, al cumplir 26, debía llevar una vida ideal; un trabajo estable, una maestría, un coche o una casa, un novio con auto y trabajo estable más que listo para darme un anillo. Debía tener todo eso y más, aunque yo no quisiera. Aunque, para mi, todo lo anterior no fuera nada más que estancar mi vida y ahogarme en un pozo para siempre. Debía quererlo porque esas eran las expectativas que mi familia y la sociedad tenían sobre mi , porque no se podía esperar menos de mi, porque siendo una “buena niña” todos tenían puestas sus “esperanzas” en mi. Y aunque estaba viva, no me sentía así. La mayoría del tiempo era sólo un zombie tratando de complacer a todos y de hacer todo bien. Y mientras los años se me escurrían de las manos, me encontraba con el pánico de alguien que se sabe con los días contados. 

Me vi saltando varias veces y con esa ansia de lo apresurado. Me vi haciendo mil y un cosas que me parecían estúpidas, convenciéndome una y otra vez de que eso era lo que yo creía también tan sólo por la pena que me causaba vivir una vida que no era mía, comprándome ideas que tampoco eran mías y que me parecían no sólo anticuadas sino patéticas. Me vi formando parte del protocolo de una sociedad tan cuadrada e hipócrita como sólo puede serlo tan contradictoriamente, la sociedad poblana; tan llena de apariencias, de formalidades, de tabúes, siempre poniéndole marca y precio a todo, desde el amor, hasta los ideales, siempre haciendo ver a la mujer como un hermoso trofeo que al final debe ganarse y terminar en la cocina de algún hombre que es bien visto por su familia de ella, porque “tiene un buen trabajo” y “va a saber responderle” aunque esto signifique que ella renuncie a todo lo que cree por creer en lo que el cree, como si sus ideas propias no tuvieran mayor valor alguno que la lavadora que le regalará un día como símbolo de amor eterno. (En fin, me desvié del tema).

Entre tanto y tanto y para no hacer más larga esta entrada, me vi renegando de mi misma y tantas veces intentando hacer lo que supuestamente era correcto. Vivir esa vida era para mi morir en vida. Escuchar lo brillante que era la forma en la que estaba llevando todo mientras recibía una palmada que para mi, era como una puñalada en la espalda, porque no era feliz y moría y moría y seguía muriendo lentamente contando los días y pensando “cuando cumpla veintiséis” mientras sentía como todas las luciérnagas dentro de mi morían una a una también pensando en todos los sueños a los que tenía que renunciar “para crecer”.
Hace dos meses cumplí veintiséis y  mi vida ha sido un ring constante, un interminable nadar contracorriente, un clásico “eres una rebelde sin causa” aunque tenga más causas que la persona que casualmente termina diciéndome esto. 

En resumen, mi vida -para la mayoría y su punto de vista pobre y retrógrada- ha sido “un verdadero desperdicio” porque hace dos años salí de la universidad y no tengo un trabajo estable. Porque no la pienso dos veces cuando de aventura se trata, porque me toma veinte minutos armar una maleta y salir a cazar paisajes y porque me toma la mitad del tiempo decidir dejarlo todo por nada. Porque no estoy haciendo lo más mínimo para asegurar mi mañana. Porque no tengo un coche, ni una casa, sigo moviéndome en la misma bicicleta de cuando iba en la universidad y tampoco tengo un negocio porque todo mi dinero lo he “malgastado” en viajes. Porque lo que menos me interesa de un hombre es algo material y porque si algún día comparto mi vida con alguien va a ser libremente y porque estoy loca de amor -y no porque le tengo miedo a la soledad o al “famoso reloj biológico” del que tanto me han hablado-. Porque voy por la vida hippimente esperando que este alguien sea igual de libre, loco, aventurero y apasionado como yo, aunque como yo, tampoco tenga nada. Porque soy una mujer sin tabúes, ni complejos y porque hago lo que se me me da la gana, cuando se me da la gana y ya. Y aunque muchos digan que por todas las razones anteriores, mi vida es un desperdicio para mi vida es una maravillosa aventura constante donde tengo todo y a la vez nada y (típico de mi) me asombra más lo que no tengo que lo que tengo. Me emociona más saber que no tengo camino y que tengo mil posibilidades hacia donde ir; que tengo la libertad de decidir y que estoy más viva que nunca porque no hay mañana, sólo hoy.  

Y hoy hay tanto que correr, paisajes que cazar, gente por conocer, momentos que vivir antes de morir.

Hace dos meses cumplí veintiséis y no me importa nada porque mi vida apenas comienza. :)


Seguiré informando. 

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